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Sermón mensual

Agosto de 2014 - Sange Metsuzai - Arrepentirse y eliminar el mal karma por el Rev. Tenshi Nakano

Tanto si uno es un practicante laico como si se ha decantado por el sacerdocio, empezar por la absoluta abnegación es necesario para despertar las razones de la verdad que percibió Buda y poner en práctica sus enseñanzas. En otras palabras, lo importante es el arrepentimiento, gracias al cual uno puede entregar todo su ser a Buda.

El arrepentimiento absoluto de "todo el ser" de una persona no solo consiste en lamentarse y pedir perdón por nuestras malas acciones, de obra o de palabra, manifestadas de manera consciente. También tiene que ver con todos los pensamientos y comportamientos inadecuados que podríamos haber cometido inconscientemente de obra, palabra o sentimiento por no conocer la verdad.

A pesar de la grandeza de las enseñanzas, si uno no deja a un lado el ego para aprender, interpretará las enseñanzas de forma egocéntrica, como más le convenga a su persona, y no podrá comprenderlas ni asimilarlas correctamente. Es parecido a lo que sucede al llenar una copa hasta el borde con una bebida que, aunque nos encanta, ya no está buena y luego intentar verter la maravillosa y dulce agua de Buda en la misma copa. Si antes no vaciamos parte de nuestra bebida, no la podremos llenar con el agua dulce de Buda.

Si uno no renuncia absolutamente a su ego y se compromete en el arrepentimiento absoluto, ni seguir los preceptos, ni mantener una conducta altruista ni practicar zazen supondrán una práctica correcta.

Cuando estudiaba budismo en la Universidad de Komazawa, durante unas vacaciones de verano tuve la oportunidad de leer sutras en una casa para el Obon (una costumbre del budismo japonés cuyo objetivo es honrar a los espíritus de los antepasados fallecidos). Al terminar, la abuela de la familia en cuestión, que también había participado en la ceremonia, me hizo una pregunta.

Dijo: "Siento molestarte, sé que estás muy atareado, pero tengo una pregunta. Hay algo que me ha preocupado durante mucho tiempo. Mi marido murió siendo aún joven. Por aquel entonces teníamos tres hijos pequeños y cada día era una locura. No tuve formación, no poseo habilidades especiales ni talento, por lo que no he podido brindarles más que dolor y hambre. Un día me colgué al más pequeño de mis hijos a la espalda mientras dormía y me dirigí a las montañas a buscar leña. De repente, mi hijo se despertó y me preguntó: "Mamá, ¿qué montaña es esta?". Me quedé perpleja, tanto que noté como un sudor frío recorría mi espalda. Tuve la sensación de que mi difunto marido se había convertido en mi hijo y me estaba regañando, como diciendo: "Aunque solo sea leña, ¿está bien que vayas a la montaña de alguien y la recojas sin su autorización? ¿No te da vergüenza que tu hijo lo vea?". En ese instante, me prometí que no volvería jamás a coger algo que perteneciera a otra persona sin su permiso, ni siquiera un trozo de leña. No iba a vivir de una forma que pudiera avergonzar a mis hijos. Desde entonces, todas las mañanas, cuando junto mis manos ante la fotografía y la lápida de mi marido, le pido: "Por favor, protege hoy a nuestros hijos. Ríñeme si hago algo que me avergonzaría que nuestros hijos vieran o que se aleje de los principios morales". Todas las noches, antes de acostarme, le digo a mi marido: "Creo que hoy he vivido de un modo que no avergonzaría a nuestros hijos. Y todo es gracias a tu protección. Muchas gracias. Vuélvenos a ayudar mañana, por favor. Buenas noches". He seguido haciéndolo hasta el día de hoy. ¿De acuerdo con las enseñanzas de Buda, esta forma de oración es correcta?"

La historia de esta mujer me llegó al alma. Me enseñó que esta es la forma auténtica de oración, la forma ideal de venerar a nuestros antepasados. Y se lo hice saber.

En los años cincuenta, la gente iba a las montañas a recolectar hojas secas de cedro y ramas caídas para encender el fuego que se usaba para cocinar arroz o calentar el agua de la bañera. Este tipo de escena se repetía en todo Japón. No sé si recoger ramas caídas en la montaña estaba legalmente prohibido, pero no parecía que a esa anciana le preocupara tener problemas con la autoridad. Trabajaba con diligencia todos los días con un gran sentido de la responsabilidad y un amor inmenso que la motivaban a criar a sus hijos correctamente. En medio de todo esto, siempre que tenía dudas o le asaltaban las preocupaciones, le pedía a su marido, a quien siempre llevaba en el corazón como a Buda, que la ayudara a analizar su forma de vivir y a reflexionar sobre ella para no desviarse del camino. Creo que esta actitud fue la que hizo que interpretara el comentario de su hijo como la voz de su marido en nombre de Buda. Inconscientemente, esta anciana seguía un camino moral mientras repetía, constantemente, el proceso del arrepentimiento.

No solo cuando "seguimos el camino de Buda", sino también cuando aprendemos cualquier cosa, nuestros pensamientos y acciones empiezan a seguir la dirección correcta si, previamente, hemos practicado el arrepentimiento de forma correcta.