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Sermones

Junio - Visita a una tumba por Issho Fujita

Cuando tenía once años, a mi padre le ofrecieron un traslado laboral a la ciudad de Osaka, la tercera ciudad más habitada de Japón. En aquella época, nuestra familia vivía en una parte provincial de otra prefectura, donde mi padre trabajaba para una sucursal local de una gran empresa de construcción. Para él, esta oferta significaba un ascenso en su carrera profesional. Un día, mientras cenábamos, sacó el tema del traslado. Al enterarse, mi abuela paterna, que por aquel entonces vivía con nosotros, dijo en voz alta "¡Rotundamente no! ¿Quién se ocupará de la tumba de nuestros antepasados? ¡Nunca me iré a vivir allí, aunque todos vosotros lo hagáis!"

Nos sorprendió mucho su completo rechazo porque ella siempre era muy silenciosa y templada. Mi padre era su único hijo (todos sus hermanos y hermanas habían muerto); no podía dejarla sola e irse a un lugar lejano. Por tanto, no tuvo otra opción que renunciar a su oportunidad especial de ser ascendido.

En cuanto empecé a escribir sobre "visita a una tumba", me vino este recuerdo a la mente. Aunque pasó hace mucho tiempo, sigo acordándome de aquella escena como si fuese ayer. Entonces no podía entender por qué insistía tan encarecidamente, pero ahora entiendo que para ella, como descendiente, realizar visitas regulares al cementerio familiar era una tarea muy importante.

A menudo acudía al cementerio, a veces con nosotros y a veces sola. Ponía sus manos juntas delante de las tumbas y decía unas palabras, posiblemente una especie de saludo. A continuación, barría con una escoba, recogía la basura y limpiaba las tumbas. Después de limpiar, ofrecía flores, incienso, velas, dulces y fruta. Derramaba agua sobre las tumbas y volvía a poner las manos juntas, bajaba la cabeza y decía: "Aquí estoy de nuevo"; "Estos días hace más calor"; "Todos estamos bien, no os preocupéis"; "Mi nieto acaba de empezar en el instituto"; etc. Hablaba como si realmente hubiese alguien delante de ella.

El diccionario define "tumba" como "un monumento para la memoria de una persona fallecida", bajo la cual se enterraron sus restos óseos. En este contexto, no tiene sentido discutir la existencia de los muertos en un sentido científico. Las personas acuden a mantener el recuerdo de los fallecidos. Las personas tenemos la increíble capacidad de visualizar a seres que no existen en la mente, basándonos en los recuerdos. Podemos sentir tangiblemente la presencia de los fallecidos e incluso podemos dialogar con ellos. De esta forma, nos podemos comunicar con alguien que ya ha muerto.

Intente recordar a la persona más significativa de su vida que ya haya fallecido. Lo más vívidamente que pueda, dibuje los detalles de una escena en que usted y la persona estén interactuando. ¿Qué está pasando? ¿Cómo se siente? Puede que tenga fuertes emociones brotando en su cuerpo. O, a través de este ejercicio, puede que le sorprenda encontrar algo nuevo sobre esa persona, algo que no conociera antes. En este ejercicio, no hablará con un fantasma, sino con una persona que está viva en su corazón.

Una tumba es una especie de herramienta que nos facilita realizar este ejercicio con la mente. Al realizar una visita ocasional a una tumba bajo la que se descansan nuestros antepasados o amigos cercanos, volvemos a conectarnos con esas personas significativas de nuestras vidas. Es muy significativo e importante para nosotros conmemorar la muerte de alguien e incluirle en nuestra propia vida para que podamos vivir por completo, conectados con aquellos que vinieron antes que nosotros.